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Fallece Erich Kunhardt. Hijo del doctor Juan Enrique Kunhardt, el único físico dominicano que ha realizado un programa científico para la NASA

  • Erich Kunhardt, nació en Monte Cristi.




Virginia Rodríguez G.
SANTO DOMINGO.- Si la ciencia tuviera tantos fanáticos como la pelota, Erich Kunhardt sería famoso.
No sólo por ser vicerrector de la Universidad Politécnica de Nueva York, uno de los cargos más altos que haya ocupado un dominicano en una universidad estadounidense, sino porque formó parte del grupo de investigadores que en 2005 vendieron por 18 millones de dólares una de sus invenciones a la compañía fabricante de productos médicos Stryker.
Se trató de un equipo para desinfectar hecho a base de plasma, cuyas investigaciones fueron patrocinadas en parte por la misma NASA, debido a las aplicaciones que puede tener esta tecnología en los viajes espaciales.
Kunhardht, que nació en Monte Cristi, ha registrado otras 13 patentes y tiene un doctorado en electro física. Recibió hace dos semanas del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC) el título de Doctor Honoris Causa en Ciencias, el tercero que otorga la entidad. “Yo nunca antes recibí un diploma en República Dominicana”, afirmó emocionado ese día.
Y es que desde que lo enviaran a estudiar a un internado en los Estados Unidos, Kunhardt no volvió a vivir en su tierra natal. Cuando llegó a su nueva escuela en Nueva York, con doce años, no hablaba ni una palabra de inglés.
Por su apellido pensaron que era alemán y le pusieron de compañero de habitación a un estudiante de ese origen. “Yo ni siquiera distinguía la diferencia entre alemán e ingles”, cuenta. Hoy, domina el inglés mejor que el español y se considera “un americano que nació en Monte Cristi”.
Ciencia y transformaciones Como profesor universitario y con experiencia en al menos cuatro centros de enseñanza superior, Kunhardt reivindica el rol de las universidades como transformadoras de la sociedad.
“Las universidades tienen que cambiar”, afirma y explica que la búsqueda del conocimiento no puede hacerse como un simple lujo intelectual, sino como una manera de modificar la cultura y contribuir con el entorno.
En su discurso aparece una y otra vez el tema de la realidad social. Fiel a su mentalidad de científico, Kunhardt aplica los mismo principios naturales para entender los cambios sociales. “¿Cómo el agua se hace hielo? En un sitio de esa agua, tres moléculas dicen: ‘vamos a juntarnos’ y después las demás se van contagiando. Es lo que en física se llama transición de fase”, afirma.
Lo que hace falta en las sociedad, explica, es que un número crítico de personas que sirvan como catalizadores de cambios, como esas tres primeras moléculas.
“Dime de un gobierno, de un revolucionario, de una religión, de un político o de unas fuerzas armadas que hayan hecho a un pueblo próspero”, dice el doctor retadoramente. “¿Qué es, entonces, lo que hace que un pueblo sea próspero?”, pregunto. “Los innovadores. Solamente la innovación.
Eso es lo que ha hecho las transformaciones. Eso fue lo que causó la industrialización, eso es lo que está pasando ahora mismo en la China, lo que transformó los Estados Unidos y a todo el mundo”, responde el doctor. “Si estas pensando que el gobierno lo va a hacer, o que Dios viene a ayudarte… nunca he visto yo eso.
Lo que he visto es el tipo que inventó la máquina de vapor y el que inventó como cortar algodón y millares de otras cosas. Eso -señala su teléfono celular-, eso es una revolución más grande que tú puedas imaginar”, afirma.
Desde el punto de vista de Kunhardt, es precisamente inversión en investigación e innovación lo que le hace falta a los países en desarrollo. “La ciencia y la tecnología en Latinoamérica no existen. Nadie les pone atención”, denuncia.
SUS RAÍCES
¿Cómo llega un muchacho de Monte Cristi a ser vicerrector de una universidad de Nueva York?
La respuesta viene en forma de otra pregunta: “¿Y qué tiene Monte Cristi de malo? Esos son ustedes los de la capital…”
Y entre risas el doctor recuerda sus visitas de niño a Santo Domingo y la superioridad de la que presumían, desde ese entonces, los capitaleños.
“No había mejor sitio del mundo que Monte Cristi donde crecer”, dice con añoranza. “Era otro mundo, no te puedes imaginar… el fin del mundo.
Eran como seis u ocho horas desde Santo Domingo”, cuenta Kunhardt y admite que en el fondo siempre se preguntaba qué se podría hacer para cambiar a la República Dominicana.
La respuesta, está convencido, es la misma en todas partes: “Siempre he pensado que la tecnología, la innovación, es la base de la transformación”, afirma.